Hace unos días, en el transcurso de un recital organizado por la librería Animal Sospechoso, coincidí con el poeta Rafael Mammos (Palma de Mallorca, 1982). A la finalización, entre los saludos y presentaciones de rigor, intercambiamos libros. Me llevé a casa un ejemplar de Oficio, poemario del que Mammos leyó varios textos. Como suele ocurrirme en estos casos, dejé reposar el libro en un anaquel a la espera de recibir su llamada, un gesto, el clic que ponga en marcha la combustión, la asociación de ideas, la certeza de que es en ese libro (en ese disco, en esa película) donde hallaremos solución, consuelo, reflejo a las preguntas que nos rondan por la cabeza. Si sabemos esperar, raramente falla este método, el de transitar los densos bosques de la cultura guiados por el instinto, por el placer o la necesidad, en lugar de hacerlo acompañados únicamente por los guías turísticos. Y voilà. Efectivamente. Ahí estaban las diminutas piezas de orfebrería, los pulidos diamantes de Mammos reflejando interrogantes alrededor tanto del oficio de vivir como del más concreto, que lo resume y formaliza, de escribir, de escribir poesía, concretamente.
La lectura desde el respeto de autores que comparten con nosotros generación produce, además, una beneficiosa sensación de admiración, de libertad y sana envidia. Cuando se produce, me digo a mí mismo que debería frecuentar mucho más a mis contemporáneos, estar más atento a la mesa de novedades de las librerías, en lugar de releer tanto.
Advierto, además, entre algunos de estos autores identidades de tono, de estilo, de timbre, de color, que los identifica. No creo que como lector sea descabellado señalar los parentescos entre El cielo y la nada de Toni Quero, y este Oficio de Rafael Mammos. Voces filológicas que aplican las herramientas de la lengua para despojar la materia verbal de excrecencias, escorias hasta acercarla a las fronteras de lo narrativo. Elevación de la lengua de la tribu, con sumo cuidado, a la tensa arquitectura del verso, de lo lírico, logrando que parezca natural lo que es fruto de paciente oficio y ejercicio. Orden clásico en las potencias que animan el poema: lo emocional al fondo, en lenta combustión, la inteligencia en primer plano, organizando el material. Una inequívoca querencia hacia lo anglosajón.
Anécdotas quintaesenciadas que huyen de lo declamatorio, de lo rimbombante, para abrazar lo contenido, lo indicado, lo decente. Rasguños, cicatrices, zozobras, revelaciones, hallazgos mostrados con pudor. El Pavese de Lavorare Stanca. El Ted Hughes de Cartas de aniversario (a quien Mammos, precisamente, homenajea en un par de poemas). Claridad de un oficio que logra hacernos ver, entre tanto ruido, nuestro rostro mejor, uno de tantos.
Como indica Francisco José Martínez Morán en su breve y certero prólogo a este libro, «En las páginas de Oficio se percibe el anhelo constante, casi sacro, de una forma de conocimiento superior, pero no se carga a la poesía misma con ese pesado fardo que, con tanta frecuencia, por ajeno, le resulta asfixiante».
Sí, decididamente debería frecuentar más a mis contemporáneos, especialmente a aquellos que nos aportan una insobornable claridad en el largo oficio del decir y del pensar.
LEONES
Estos leones que envías,
como criados, a cazar
traen sólo presas grises
y muertas hace mucho.
Entonces envías un león
de oro violento, más grande,
contra los que han fracasado.
Y cuando te trae nada
sino un signo de lucha,
una brizna roja al final
del colmillo, te envías a ti
como una cosa contra el sol,
y así te vuelves el este
donde acaban las frases,
algo devorado en el este.
Rafael Mammos, Oficio. Ed. Polibea, 2016.
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