Una de las costumbres con las que la simpar Ana Gorría —que lleva la métrica bajo la piel— nos alegra la vida en Twitter es la de avisarnos cada vez que se topa con determinadas formas métricas. Así, igual nos cita un alejandrino con el hashtag #divinoalejandrino que da cuenta de un endecasílabo al grito de #eurekaunendeca que descubre —con menor frecuencia— una silva susurrándonos #lavidaensilva. Me consta que no es solo cosa suya, pero nadie lo hace como ella.
El verso que vengo a presentaros, el mejor verso de la Historia —al menos de la Historia del castellano— parece un homenaje a este modus operandi de nuestra querida poeta: es un alejandrino disfrazado de endecasílabo contenido en una silva. Dice así: «No es sordo el mar (la erudición engaña)» y, como muchos ya habréis advertido, forma parte de la segunda de las Soledades de Góngora.
Vayamos al meollo. ¿Por qué este verso es tan destacable? A priori, y a pesar de su belleza, no parece ser diferente al resto; y sin embargo presenta una característica que lo hace singular: si lo leemos como se lee desde que la imprenta democratizó el libro, esto es, sentados, tumbados, en silencio, solos es, obviamente, un endecasílabo: noes-sor-doel-mar-lae-ru-di-ción-en-ga-ña; pero, y aquí viene lo importante, si lo recitamos, es decir, si lo recitamos correctamente, como las leyes de la poesía, de la naturaleza nos imponen, descubrimos que lo que tenemos ante nosotros es un alejandrino: noes-sor-doel-mar-r-r / lae-ru-di-ción-en-ga-ña.
La primera pista de que nos hallamos ante un verso extraordinario nos la ofrece la cesura que erosiona la típica fluidez de un endecasílabo. Al tirar de este hilo y dividir el verso en dos hemistiquios se advierte enseguida en el primero, gracias a sus aliteraciones, el ruido del mar: se recoge con las eses, rompe con las erres. Solo hace falta que rompa un poco más, que ese momento se alargue: ss…rrr, ss…rrr, ss…rrr. Noes-sor-doel-mar-r-r. El mar no es sordo, el mar se escucha, el mar recoge su susurro y se mece en él: ss…rrr, ss…rrr. No es un mar callado, completamente en calma; tampoco un mar furioso que levanta la voz: es un mar tranquilo que permite, sin perder el control, que sus sentimientos se muestren. Es un mar sensible, un mar valiente, un mar sincero.
El segundo hemistiquio —que he visto, dependiendo de la edición, tanto entre paréntesis como seguido de dos puntos— nos da la clave de lectura del verso: la erudición engaña. No debemos contar sílabas, no debemos comportarnos como nos ha enseñado la academia: debemos escuchar al mar, que no es sordo, y dejarnos llevar por su susurro; debemos permitir que sea él quien marque el ritmo del verso, y no nuestros dedos, no un ábaco. La primera letra de cada una de las palabras que lo componen nos avisa: LEE. Léelo en voz alta y descubre su verdad.
El primer hemistiquio es el ruido del mar, ese rumor familiar que advertimos cada vez que pegamos una caracola a nuestro oído: noes-sor-doel-mar-r-r. El segundo es la voz de la razón diciéndonos, precisamente, que no debemos fiarlo todo a ella. Imaginemos por un momento una playa de Sicilia, una florida estación cualquiera, a Polifemo sentado con las piernas recogidas, abrazando sus rodillas, esperando a Galatea. El mar acompaña su melancolía: ss…rrr, ss…rrr, ss…rrr, mientras el viento, que danza a su alrededor imitando el vuelo de las gaviotas, le lanza breves puyas, casi imperceptibles: ¡laerudiciónengaña!, ¡laeuridiciónengaña! Las primeras siete sílabas nos mecen, nos adormecen; las siete últimas nos despiertan, ponen nuestros pies en tierra.
Manuel Arroyo-Stephens narra, en «Melancolía del torero» —dentro de su maravilloso Pisando ceniza (editorial Turner [2015] página 95)—, un encuentro entre Alberti, Bergamín y el propio Arroyo-Stephens:
Un día les llevé un ejemplar de las Soledades que me había llegado esa misma mañana de la encuadernación. Era una edición de 500 ejemplares numerados en la colección Itálica, estampados con tipos Bodoni en papel Ingres. Alberti se abalanzó sobre el libro y empezó a hojearlo. ¡Qué maravilla de edición!, exclamó. Y sin soltarla añadió: ¡y va sin comentarios ni notas, el texto desnudo! ¡Qué maravilla! Yo cuando sea mayor quiero que alguien me edite así. Y se puso a leer en voz alta algunos fragmentos. Bergamín lo miraba en silencio, sonriendo con sus ojos burlones. Lee el primer verso de la página 96, le dije. Es mi verso preferido, el que para mí resume a Góngora. Alberti busco la página y leyó: «No es sordo el mar (la erudición engaña)». Repitió el verso varias veces. ¿Cómo es posible que no me acordara? Yo me sabía las Soledades de memoria, dijo con un gesto de decepción, sin dejar de mirar la página. A veces en un verso cabe un poeta, le dije.
A veces en un verso cabe un poeta. Góngora incrustó un tímido verso en sus amenazantes Soledades, un verso tan discreto que incluso se le olvidó a Alberti, para mostrar a Lope y compañía que aquí estaba él, que no lo intentasen más, que él era el Poeta del arte mayor del Siglo de Oro y lo certificaba con esta maravilla de catonce sílabas que hermanaba para siempre la tradición francesa y la italiana, el alejandrino y el endecasílabo, a Berceo y a Garcilaso, el Mester de Clerecía y el Soneto. Y lo hizo sin decirlo, quizá sin querer, quizá esperando que jamás se descubriera; porque que no se descubriera nunca también es poesía; que se pudiera descubrir algún día, por supuesto, también es poesía; que discutamos si todo esto es cierto o una sarta de tonterías, en fin, también es poesía.
Comentarios sin respuestas