En Kopek nos gustan los contrastes, por esto tal vez, hay que comenzar este breve artículo sobre el poeta peruano César Vallejo con alguna de sus cimas poéticas:
LOS HERALDOS NEGROS (1918)
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Los abismos
Puede que ahora estemos más legitimados a hurgar con menos vergüenza en los abismos, en las miserias de Vallejo.
En carta fechada el 10 de agosto de 1923, el embajador del Perú en España, Pablo Abril de Vivero, le responde a Vallejo sobre sus repetidas peticiones para encontrarle mercado a sus letras en España:
Con suma contrariedad he comprobado en varias ocasiones la imposibilidad de conseguir para usted algún lucrativo asidero en la prensa de Madrid. El ambiente es terrible para todo intento de esta índole. Y la explicación es muy sencilla: aquí todos los literatos de mayor relieve, como Azorín, Pérez de Ayala, Xenius, etc., tienen que verse precisados a ejercer el periodismo, dada la miseria intelectual del medio, que no les permite vivir del libro. En estas condiciones, la entrada de un extranjero al comedor de los escritores —que no es otra cosa aquí la prensa— por mejor dotado que esté, se condiciona, y siempre después de un esfuerzo tenaz, a la buena estrella que lo guíe. Le cuento estas cosas porque no conviene construir castillos en España, como dicen en mi vieja y querida Lutecia de todas mis nostalgias.
Algunos meses después, Vallejo sigue informando al embajador de su dificultosa vida en París:
París, 19 de Octubre de 1924
Mi querido Pablo:
Parece que la mala suerte sigue empecinada en herirme. Esta carta la escribo desde el hospital de la Charité, Sala Boyer, cama 22, donde acabo de ser operado de una hemorragia intestinal. He sufrido, mi querido amigo, veinte días horribles de dolores físicos y abatimientos espirituales increíbles. Hay, Pablo, en la vida horas de una negrura negra y cerrada a todo consuelo. Hay horas más, acaso, mucho más siniestras y tremendas que la propia tumba. Yo no las he conocido antes. Este hospital me las ha presentado, y no las olvidaré. Ahora, en la convalecencia, lloro a menudo por no importa qué causa cualquiera. Una facilidad infantil para las lágrimas, tiene saturado de una inmensa piedad por todas las cosas. A menudo me acuerdo de mi casa, de mis padres y cariños perdidos. Algún día podré morirme, en el transcurso de la azarosa vida que me ha tocado llevar, y entonces, como ahora, me veré solo, huérfano de todo aliento familiar y hasta de todo amor. Pero mi suerte está echada. Estaba escrito. Soy fatalista. Creo que todo está escrito.
Dentro de seis u ocho días más creo que saldré del hospital según dice el médico. En la calle me aguarda la vida, lista, sin duda, a golpearme a su antojo. Adelante. Son cosas que deben seguir su curso natural, y no se puede detenerlas.
He leído la bondadosa respuesta del Sr. Leguía, sobre la beca. Ojalá no me la quiten de las manos. Ya, cuando esté mejor, le escribiré al señor Leguía, agradeciéndole. De todas maneras, le ruego, mi querido Pablo, no descuidarse de asegurar la beca.Desde mi lecho de infortunio, le envío mi abrazo fraternal y agradecido.
César.
Semanas después, el 5 de noviembre, tras explicar que su enfermedad sigue sin mejorar y que continúa en cama, Vallejo escribe:
Pablo! Hay gente dura y cruel en el mundo. Hay dolores que espantan, y la muerte es un hecho evidente, pavoroso. Hay gente dura de corazón, y uno puede morirse de miseria. Bueno. Pero, qué se va a hacer. Vuelvo a creer en nuestro señor Jesucristo. Vuelvo a ser religioso, pero tomando la religión como el supremo consuelo de esta vida. Sí. Sí. Debe haber otro mundo de refugio para los que mucho sufren en la tierra. De otra manera, no se concibe la existencia, Pablo.
(31 de diciembre de 1925)
Publique su libro, Pablo. Lo más pronto posible. Ocúpese del asunto y hágalo, pues eso será un poderoso motivo de fruición espiritual para usted mismo. El tiempo pasa, Pablo querido, y hay que aprovecharlo, al menos para las cosas líricas y desinteresadas, ya que para las cosas y los bienes de este mundo, no lo hemos de aprovechar nunca.
Pero mejor volvamos a sus cimas, a donde llegó, parece, rebañando sin cesar esa «negrura negra y cerrada a todo consuelo.»
ME VIENE, HAY DÍAS, UNA GANA UBÉRRIMA…
Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.
Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mundo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.
¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, proyecto!
Me viene a pelo
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.
Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudar a matar al matador —cosa terrible—
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.
6 de noviembre de 1937
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