Va a hacer mes y medio que escuelas, institutos y universidades cerraron sus clases presenciales. El inocente grito de júbilo de muchos alumnos –y por qué no decirlo, de algunos profesores– ante la perspectiva de unos días en casa, sin los pretendidos rigores de la educación reglada, disfrutando en el sofá de un feliz arresto domiciliario, se nos ha convertido en un alarido desesperado, puro Munch, de impaciencia e incertidumbre. En una formidable nostalgia hacia la manera de vivir de la que disfrutábamos hace tan solo unos meses. Las series que antes considerábamos costumbristas ahora nos parecen de ciencia-ficción. Barras de bares más allá de Orión. Algunas de nuestras distopías favoritas empiezan a parecernos un documental. Hacía tiempo que sabíamos que todo paraíso es, en realidad, un paraíso perdido. Pero ahora lo sabemos más.
Cada día que pasa, a cada nuevo dato científico publicado, nos permite aclarar algunos aspectos de esta nueva situación. Y la verdad es que no son nada halagüeños. Parece claro que pretender una vuelta a la antigua normalidad tiene más que ver con el pensamiento mágico que con la realidad. Se acabaron por mucho tiempo los modos y costumbres que utilizábamos en los tiempos AC (antes del COVID). En este caso de poco sirven las pataletas o los berrinches. Parece que las primeras y bienintencionadas propuestas de congelar todas las actividades un par de meses para esperar un salvífico verano y un septiembre habitual tendrían la misma utilidad que tratar de ponerse a salvo de una tormenta tropical cerrando muy fuerte los ojos.
Así las cosas, después del telele y solo parcialmente recuperados de la parálisis provocada por el impacto de tamaño golpe, todavía heridos por las pérdida de familiares y amigos, con buena parte de las personas que se enfrentan diariamente a los rigores del virus exhaustas, parece que va siendo hora de despertar y articular como sociedad respuestas lo más inteligentes y justas posibles para contribuir, si no a la reconstrucción, por lo menos al bienestar –cultural y emocional– de nuestros alumnos y sus familias.
Atendiendo a las circunstancias, es decir, ante la certeza de la continuidad durante el próximo curso de las normas de distanciamiento social, de probables nuevos confinamientos y de la imposibilidad de reunir a muchos participantes en ninguna actividad grupal deberíamos ser capaces de imaginar –son buenos tiempos para la imaginación– unas nuevas (por decirlo con Rosendo Mercado) maneras de vivir, y por lo tanto, nuevas maneras de enseñar, de ser comunidad educativa.
Toda vez que parece que hemos dejado atrás las primeras propuestas acerca de la anulación de cursos o enseñanzas –si las pensábamos bien no dejaban de ser extremadamente optimistas, es decir, pronosticaban una rápida vuelta a the good old times–, parece que algo se está moviendo en la educación primaria y secundaria. Incluso los docentes más reticentes a abrazar las presuntas bondades de las nuevas tecnologías , los más celosos de su intimidad, empiezan a aceptar que es necesario algo más que colgar materiales formativos en el muro virtual y corregir deberes con fruición estajonavista. Sí, todos vamos atrezzando esquinas de nuestras casas para que queden dignas en plano fijo, improvisando despachos, avanzando en nuestras competencias digitales, para tratar de seguir realizando nuestro trabajo de la mejor manera –es decir, la más empática y eficaz– posible.
He escrito «empática» y «eficaz». Y quiero creer que no lo he hecho por inercia o buenismo. Tan reduccionistas me parecen las pedagogías que descreen de la eficacia del rigor, la repetición de ejercicios y el estudio pormenorizado como las que se lo juegan todo únicamente a esa carta.
Tal vez lo peor de los deberes, incluso los más aburridos y repetitivos, es que, en la mayoría de casos, funcionan. Lo sabe todo el mundo pero da cosa reconocerlo. Dar cera, pulir cera. Ralph Machio en Karate Kid realiza duras rutinas en forma de entrenamiento repetitivo para acabar convirtiéndose en un buen karateca. Los entrenamientos de las disciplinas deportivas extraescolares empiezan incluso antes que el curso escolar, y la chiquillada los espera con ansias, con fervor casi religioso, saben que sin trabajo no hay más que un talento espumoso y frágil, que se desbrava pronto. Saben que sin un trabajo serio no hay avance.
Incluso las medidas más populistas (y a mi parecer equivocadas) de cierto progresismo dan la razón indirectamente a este argumento. Cuando se prescribe no poner muchos deberes en verano, se hace apelando a que el entorno familiar de algunos alumnos no les permitirán realizarlos, es decir, en vez de poner los recursos necesarios para que esa situación cambie, se prefiere que nadie mejore, incluso los que fehacientemente podrían hacerlo.
Aunque algo parecido sucedió durante las primeras semanas de confinamiento, parece que esta vez hemos decidido ponerle solución. Muchos colectivos y ayuntamientos están haciendo llegar equipos informáticos y conectividad a los hogares que carecían de ellos. Si esto de la educación va de aprender, no hay duda que durante el último mes y medio hemos aprendido lecciones importantísimas, tanto en lo social como en lo tecnológico: la importancia de la inversión en sanidad y educación, el valor de los afectos en comunidad, como la responsabilidad personal afecta a la global. No estaría de más no olvidarlas.
Hemos hablado antes del rigor educativo en Karate Kid, uno de los clásicos favoritos de los autocares escolares en los 80 cuando iban de excursión. No está de más reconocer que ese duro aprendizaje hubiese sido imposible sin el carisma, humor y sabiduría del señor Miyagi interpretado por Pat Morita. Un gran sensei. Así, poco a poco, algunos profesores vamos aprendiendo que cuando nuestros alumnos nos piden, una vez finalizada la lección, que encendamos un momento la cámara, que aparquemos por un rato el powerpoint para poder mirarnos a los ojos y preguntarnos ¿qué tal vamos?, en realidad nos están reclamando el valor intrínseco en toda relación educativa que merezca tal nombre. Y lo hacemos. Y la emoción todavía nos dura.
“Sin una finalidad trascendente y honorable, la escuela tiene que acabar y cuanto antes mejor”,escribía Neil Postman, parece que finalmente hemos dado con ella. Ahora, entre todos, debemos tratar de atraparla.
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