Kafka escribió la célebre Carta al padre en noviembre de 1919, estando ya enfermo de tuberculosis (enfermedad que había contraído en el año 1917). Faltaban cinco años para su muerte.
Literariamente estamos ante un texto puramente kafkiano. En la Diccionario de la RAE encontramos una sucinta definición de este concepto:
2. Que tiene el carácter trágicamente absurdo de las situaciones descritas por este escritor en sus obras.
Me gustaría resaltar aquí algunos fragmentos de Carta al padre donde se ponen de manifiesto, de la forma más pura, estos momentos absurdos, caracterizados por una antinomia, una contradicción que afecta a su esencia y que, por tanto, Kafka aprecia como irresolubles.
He aquí el primer ejemplo:
Es como si uno tiene que subir cinco escalones bajos y otro un solo escalón, pero tan alto, al menos para él, como esos otros cinco juntos; el primero no sólo subirá esos cinco sino cien y mil más, habrá llevado una vida intensa y esforzada, pero ninguno de los escalones que ha subido habrá tenido para él una importancia semejante a la que tuvo para el otro aquel escalón primero y único, demasiado alto para las fuerzas de que dispone, un escalón que no puede remontar y más arriba del cual, evidentemente, tampoco llegará nunca.
Lo más característico de este temible escalón es que es demasiado alto para las fuerzas que dispone. La existencia exigente un esfuerzo superior a las fuerzas del sujeto, la comparación supura impotencia y desesperación. Recuerda de algún modo a los ejercicios mentales de los monjes zen, que se obstinaban en tratar de resolver situaciones mentales imposibles (koan), por ejemplo: ¿Cómo suena una palmada ejecutada con una sola mano?
Kafka busca estas situaciones, crea los cimientos para poder después darles al vuelta, forzar el absurdo, encontrar la no-salida, romper la lógica con una especie de placer oscuro:
Voy a tratar de explicarme mejor: en esto, en los proyectos de matrimonio, concurren con más fuerza que en ningún otro aspecto de mi relación contigo, dos cosas aparentemente opuestas. El matrimonio es, sin duda, garantía de la más radical autoliberación e independencia. Yo tendría una familia, lo máximo que se puede alcanzar según mi opinión, o sea, también lo máximo que has alcanzado tú, yo sería igual a ti, toda la antigua y perpetuamente nueva ignominia y tiranía habrían pasado a la historia. Eso sería en efecto maravilloso, pero ahí está también el problema. Es demasiado, tanto no se puede alcanzar. Es como si uno estuviera prisionero y no sólo tuviese intención de evadirse, cosa que tal vez llegase a lograr, sino también, y además al mismo tiempo, de hacer obras para transformar la prisión en un palacete de recreo para uso propio. Pero si se evade, no puede hacer la obra, y si hace la obra, no puede evadirse. Si yo, dada la desdichada relación especial que me une a ti, quiero independizarme, necesito hacer algo que no tenga que ver en lo posible contigo. El matrimonio es sin duda lo más grande y confiere la independencia más noble pero al mismo tiempo está estrechamente ligado a ti. Por eso, querer evadirse por esa vía tiene algo de demencial, y cualquier tentativa casi se paga con la locura.
Es precisamente esa estrecha relación la que en parte me hace tan atractivo el matrimonio. Me imagino esa igualdad que surgiría entonces entre nosotros y que tú podrías entender como ninguna otra igualdad, tan positiva porque yo podría ser un hijo libre, agradecido, desprovisto de culpa, recto, tú un padre sin agobios, sin tiranías, comprensivo, satisfecho. Pero precisamente para llegar a eso habría que invalidar todo lo sucedido, o sea, tendríamos que eliminarnos a nosotros mismos.
Es una típica construcción metafórica kafkiana esa presión convertida en palacete que precisamente impide la evasión. El acertijo no tiene salida posible satisfactoria, como si la única satisfacción fuera, en efecto, la antinomia. Para poder conseguir la liberación, es inevitable que ellos mismos, su padre y él, fuera eliminados. Es la propia existencia, la vida misma, la que le lleva de manera inevitable, como un torrente desaforada, hacia la paradoja.
Y es aquí, dentro de esta visión existencial en cierto modo intransigente, de todo o nada, donde aparece la literatura, como la única, mínima e insuficiente parcela de independencia que Kafka ha sabido conquistar para sí mismo y que, por tanto, hay que defender contra viento y marea, con la misma intransigencia desesperada de la contradicción y el absurdo.
El matrimonio, que Kafka eleva en la carta a la mayor categoría existencial, es a su vez, el mayor peligro para su quehacer literaria:
Pero mucho más importante al respecto es el miedo en cuanto a mí mismo. Eso hay que entenderlo del siguiente modo: ya he insinuado que con mi quehacer literario y con todo lo relacionado con esa actividad he hecho pequeñas tentativas de independencia, tentativas de evasión de mínimo éxito, que apenas llevarán más lejos, hay muchas cosas que me lo confirman. Y sin embargo es mi deber, o mejor dicho, la esencia misma de mi vida, velar por ellas, no dejar que se acerque a ellas ningún peligro que yo pueda ahuyentar, y ni siquiera la posibilidad de tal peligro. El matrimonio es la posibilidad de ese peligro, aunque también la posibilidad de su mayor salvaguarda, pero a mí me basta que sea la posibilidad de un peligro. ¡Qué haría yo si el matrimonio fuera en efecto un peligro! ¡Cómo iba a poder seguir viviendo en el matrimonio con la sensación, tal vez indemostrable pero en cualquier caso innegable, de ese peligro! Sin duda, frente a ese dilema puedo vacilar, pero la decisión final está clara, tengo que renunciar. La comparación del pájaro en mano y ciento volando sólo se puede aplicar aquí muy relativamente. En la mano no tengo nada, volando está todo y sin embargo -así lo determinan las condiciones del combate y las necesidades de la vida- tengo que elegir la nada.
«Tengo que elegir la nada».
Excesivo, terrible, apasionante. El texto no podía terminar sino una reflexión filosófica sobre la vida, que parte (evidente debe resultar a estas alturas) de una gigantesca paradoja sobre la relación de la literatura y la vida:
Como es natural, las cosas no pueden encajar unas con otras en la realidad como encajan las pruebas en mi carta, la vida es algo más que un rompecabezas; pero con la corrección que resulta de esa objeción, una corrección que no puedo ni quiero exponer con detalle, se ha llegado, a mi juicio, a algo tan cercano a la verdad que nos puede dar a ambos un poco de sosiego y hacernos más fáciles la vida y la muerte.
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