Recordamos el deslumbramiento, normalmente adolescente, que nos produjeron la lectura de los poemas y libros de relatos de Charles “Hank” Bukowski (Andernach, 16 de agosto de 1920 – San Pedro, 9 de marzo de 1994). El puñetazo de sus versos. El humor chalado y obsceno de sus tramas. LAS MAYÚSCULAS desacomplejadas. La sensibilidad por lo vulgar, tan alejada de la ñoñería. La desesperada misantropía. El contraste entre esos escritos y la historia de la literatura que nos hacían leer por aquel entonces –el siglo pasado– nos producía una descarga eléctrica en la base de nuestro cerebro que se traducía en palabras pobres pero sinceras: “Ah, joder, había sido que la literatura también era esto”. Lo devoramos como caníbales en libros de las bibliotecas que costaba devolver. En fotocopias manchadas de vino. A falta de hipódromo a amano acudíamos al canódromo –todavía no habían cerrado el de Barcelona– a comprar voll-dams y hacer ver que apostábamos. Más que leerlo, nos lo bebíamos a buco. La resaca, claro, no tardó en llegar.
Es mentar a Bukowski y aparecen las cervezas, las revistas eróticas, la viruela, la horarios esclavos, los montones de basura y la prosa rasposa como el esparto y sus horribles epígonos, pero también, claro: los tatuajes en los pechos de los jóvenes poetas, las capturas de Instagram con fragmentos de sus poemas, los relatos que copian todo lo malo de su repertorio y las postalitas en la sección de cucamonas de las librerías. Diríamos que Bukowski se nos había caducado en la pinza maldita que va de lo cutre a lo cursi. Es curioso como el universo que levantó línea a línea el viejo Hank, tecleando en su vieja Olimpia o a mano, en habitaciones de inmundas pensiones, si es que la había empeñado, tan poco dado a lo aparente –que persigue la verdad más radical y poco acomodaticio—se haya convertido en una marca comercial de la contemporaneidad. En una imagen más que en una literatura.
Ocurre con Bukowski que algunos de sus acólitos y epígonos nos quitan las ganas de leerlo. A veces el éxito de popularidad desmesurada nos borra al autor. Nos los roban para la memoria. Pero entonces viene el escritor de periódicos –y cada vez, por fortuna para nosotros también de libros– Carlos Mármol (Sevilla, 1971) y entrega su ensayo Charles Bukowski. Un disparo en la oscuridad –en una edición austera y bella de Athenaica– para devolvérnoslo para la literatura. El libro, breve en páginas pero largo en profundidad, es un clarividente repaso por los mecanismos retóricos que hacen de Bukowski un gran poeta. Una reivindicación de las ideas más originales del viejo poeta, más allá de los tópicos, para colocarlo en el mismo centro de los nuevos tiempos. Y a fe que esa misión de rescate funciona. Mármol pone a favor de la poética del autor su exuberante panoplia de recursos críticos y su aguda intuición lectora. Tiene la academia y tiene la calle. Entrega un libro que se lee en un suspiro, se queda en la memoria y hace mutar nuestra consideración sobre el viejo Poeta. Posee además una estructura originalísima, que reúne la elegancia sinfónica y la energía punk. Así, no entrega un ensayo lleno de ideas que resultan estimulantes, a saber: la construcción consciente de la “máscara” pública del autor para guarecerse de su vulnerabilidad, “un rostro para la multitud” escribe Mármol, su nada obvia pero bien demostrada conexión con la tradición clásica y el sustrato filosófico de sus mejores versos. Para Mármol, Bukowski es el último de los estoicos.
Así, el libro es una vindicación del viejo indecente como un gran poeta no reconocido –todavía—por el cánon. “Ni falta que hace”, dirán algunos, y errarán. Es verdad que sus libros siguen vivísimos en los anaqueles de las librerías, que sus versos corren como la pólvora en la actualidad, pero no debemos olvidarnos que los libros y los autores clásicos –si realmente lo son—es porque mejoran con el tiempo y los buenos lectores. Que los grandes deben situarse en el ecosistema que los explica para enraizarse y seguir brotando. Y a fe que Bukowski gana enteros a manos del estudio, devoción y potente prosa de Mármol. Nos convence de su grandeza, lo emparenta con lo mejor del prosaísmo escrito en castellano (Parra, Cardenal y el primer Benedetti) y le dedica una seria de reflexiones que funcionan casi como aforismos, dueños ellos mismos de gran fuerza lírica, a saber: “La belleza tiene su origen en la experiencia (ecuménica) de la vulgaridad”. “Bukowski conservó la chispa sagrada y consiguió mantener encendido su propio fuego” «Poemas escritos en soledad, sin más destinatario que él mismo. Hechos con las tripas, el humor revuelto de las madrugadas y una desesperanza tan cruda como enternecedora. Un hombre devastado se mira al espejo. Maldice. Y crea los versos inmortales que le sobreviven.»
Para acabar también debemos reseñar la excelente selección de poemas y fragmentos inéditos –traducidos, creemos, por el mismo Mármol– con los que ilustra sus reflexiones. En definitiva, un librillo disfrutón e intelectual, honesto y originalísmo, que pide versión alargada y reivindica –convenciéndonos– que aquel viejo depravado y alcoholizado resulta un héroes literario.
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