2. Nibola(ño)
Bolaño es un invento de Borges. Todos lo somos, en realidad, todos vivimos atrapados en este relato, en esta broma gigante que es la novela que creemos que nunca escribió. Que sean dos chupitos de tequila, jefe. ¿Que qué hago? ¿Que no estamos en un bar, sino en la biblioteca de la cárcel-psiquiátrico Scaffo? Amigo, si hubieras leído más sabrías que siempre hay un bar semivacío cuando un personaje quiere contar algo importante a otro. Una confesión, un recuerdo, incluso una mentira; cualquier diálogo —aunque en realidad acaban siendo monólogos— que haga avanzar la trama. Por ejemplo, si yo quisiera empezar a decirte «¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace casi veinte años» etc., necesitaríamos una barra, un par de taburetes, quizá un tirador polvoriento, un suelo pegajoso. ¿No me crees? Coge cualquier libro de los que tenemos alrededor, tarde o temprano acabará saliendo. Es lo que se conoce como cliché. Dicen que hay que evitarlos, pero me encantan los clichés, los lugares comunes. Olvida los vasos, amigo, y deja aquí la botella, o mejor, ya que vamos a hablar de Bolaño tráenos una de mezcal, de mezcal Los Suicidas, claro. Ya verás qué bueno, este mezcal no se encuentra en ningún sitio, el señor Scaffo compró todas las cajas que quedaban.
¿Has leído «El milagro secreto», de Borges? Ya me imaginaba. Es más o menos así (la memoria a veces me juega malas pasadas): segunda guerra mundial, Polonia o por ahí, los nazis, porque cómo le gustaban a Borges los nazis, eh, escribir sobre ellos, al menos. ¿Sabías que visitó a Videla con dos o tres escritores más? También tuvo algo con Díaz Ordaz, creo, cuando lo del 68 y los estudiantes y demás, está claro que Auxilio Lacouture, al asomarse por los ventanucos del baño de la cuarta planta de la facultad etc. lo ve por la ventana. ¿A quién? A Borges, por supuesto, no eres el único al que ha merodeado, lo hace con todos. No, claro, no siempre se muestra con esa apariencia de rata. Pero bueno, no nos adelantemos. Los nazis, decía, capturan a un judío, Hladík, un escritor judío, no recuerdo bien si se explica por qué; pero qué iban a explicar, claro, si es judío. El caso es que lo encierran y él sabe que está condenado a muerte, que lo van a fusilar, y mientras espera en la celda, porque no lo matan al momento, dejan que sufra unos días, quién sabe si los nazis han leído a Villiers de l’Isle Adam y quieren que fantasee con una fuga, con que aparezcan los aliados para dar una patada en el culo a los putos nazis y rescatarlo, está bueno el mezcal, ¿eh? La cuestión es que ahí no aparece nadie, claro, y una madrugada van a por él, se lo llevan a un patio y lo plantan en medio para fusilarlo. Ahí empieza realmente el relato, lo que Borges quiere contarnos: Hladík ha empezado, en su encierro, a escribir un drama, en su mente, claro, no tiene papel ni lápiz. Ha empezado, digo, a escribir un drama, la obra de su vida, aunque igual es una mierda, pero quién mantiene un criterio saludable cuando sabe que lo van a matar, y que lo van a matar además unos hijos de la gran puta como los nazis. Ha empezado a escribir una obra maestra, entonces, y la tiene almacenada en su cabecita, y resulta que cuando por fin está consiguiendo salir de la mediocridad en la que ha permanecido toda su vida, cuando por fin está creando algo digno de ser mostrado, no va a poder acabarlo porque varios millones de alemanes resabiaos, varios millones de alemanes que todavía andan escocidos con la primera guerra han decidido apoyar a un tarado que perfectamente podría estar aquí haciéndonos compañía. Entonces se vuelve medio loco, Hladík, si no lo estaba ya, y cuando ya lo están apuntando con cuatro o cinco rifles, o escopetas, no recuerdo bien el arma, cuando el oficial de rango más alto, creo que un general, ya tiene el brazo levantado para ordenar que chau, que adiós muy buenas, se pone a rezarle a Dios. Está delirando, Hladík, porque no pide salvarse, no pide que aparezcan de repente Brad Pitt y sus amigos repelando cabelleras nazis, pide simplemente tiempo para acabar su obra maestra, un año, un año más para dar, por fin, sentido a su vida. Y Dios, que es un cachondo, o que igual había fisgoneado ya en la cabeza del judío y le estaba gustando el primer acto del drama ese, va y le concede el deseo justo cuando el general ya ha dicho ¡fuego! y los soldados han descargado sobre él. Entonces sucede el milagro secreto del título: se paran las balas. Se para el mundo, en realidad, ni Hladík puede moverse, a Hladík se le queda una gota de sudor colgando del pómulo, o quizá es una lágrima, ya conoces a Borges, y tras el estupor inicial, tras comprobar que no está soñando, tras intentar salir corriendo y dar por saco al drama —porque esto Borges no lo dice, pero quién no iba a intentarlo—, al darse cuenta de que Dios le ha concedido lo que pedía (a su manera, claro, como si fuera un chiste), por fin se calma y se pone a desarrollar la trama, o como se diga. Todo en su cabeza, sí, y sin que nadie lo lea, es algo entre él y Dios, o igual Dios ya está a otras cosas. Así que, durante un año, Hladík escribe, corrige, borra y pule su drama hasta conseguir la pieza perfecta, ¿te has dado cuenta?, todo Borges está plagado de grandes obras que solo podemos intuir. Al final acaba el texto, está perfecto, o al menos eso creemos, ya sabes, igual es un churro, Hladík eufórico, voy a releerlo, piensa, voy a deleitarme, y Dios dice chato, ese no era el trato, choteándose de la elección del judío de hacer el drama en verso, y vuelve a darle al play, Hladík cae al suelo y la obra de teatro queda para siempre en su cabeza en lo que, para mí, es un homenaje a todos los que nos hemos pasado la vida diciendo que estamos escribiendo un libro, un pepino de libro, y no hemos escrito ni media palabra, que nos tumbamos por la noche en la cama y le damos vueltas al argumento, ideando párrafos perfectos que se evaporan al abrir el Word, al intentar ir comiéndole bytes al mega y medio del floppy disk. Es un homenaje a la mayoría de los realvisceralistas, ¿no te parece?
Bueno, a lo que iba entonces de Bolaño, de que vivimos en un relato inconcluso de Borges. A Bolaño sí que lo has leído, ¿no?, al menos te suena, que estabas en el club de lectura el día que hablamos de él. Bueno, Bolaño contó mil veces su historia: tiene diecisiete años o así, está en México, tan tranquilo, con sus rollos realvisceralistas, escribiendo poemas (malos, seguramente), reventando eventos, follando con quien puede, bebiendo con sus amigos, con sus cuates, viviendo la vida, vamos, y entonces en Chile, en su Chile, gana Allende y él dice que se va a hacer la Revolución; porque lo importante en un poeta no es lo que escribe, sabes, sino lo que vive, el realismo visceral debe ser un modo de vida, y entonces él quiere participar de todo eso; pero el destino quiere que al poco de llegar tenga lugar el golpe de estado de Pinochet, otro hijodeputa al que parece que Borges también hacía ojitos, por cierto. ¿Te has fijado? En Bolaño siempre es más o menos así: cuando pasa algo bueno, llega algo o alguien y lo jode, como la plaquita esa que ponen en los bares como este, esa de qué día tan magnífico hace, seguro que ahora viene alguien etc. Bueno, pues Pinochet bombardea la Moneda, le ayudan los yankis, claro, que siempre fueron los nazis de allí, de América, y Bolaño, fiel a su estilo, pues se enrola en la Resistencia, cuatro chavones mal dirigidos, una organización caótica, con más miedo que vergüenza, con más odio que coraje, y lo ponen a hacer idioteces como tirarse todo un día sentado en la acera, pendiente de ver si pasa algo, con contraseñas que no recuerda y bobadas similares, lo ponen prácticamente frente a un pelotón de fusilamiento, vaya, porque él no ve a nadie, pero todo el mundo lo ve a él, con cara de idiota, sentado como si esperara a la muerte, y al final lo pillan, claro, no en ese momento pero después, no recuerdo muy bien dónde, y lo encierran y Bolaño dice kaput, ya está, el realvisceralismo se fue a la verga, mi carrera de escritor, todos mis planes, y tras varios días en prisión van dos milicos y se lo llevan, y Bolaño se pone a llorar, supongo, esto nunca lo reconocerá, porque sabe que le van a dar matarile, aunque bueno, Borges decía que en esos momentos desaparece el miedo, ¿sabes?, cuando la certeza de la muerte es tan grande, cuando se esfuma la esperanza, uno acepta su destino y muere como un valiente. Pero qué sabría Borges, ¿no?, si no era más que un teórico de la barbarie, un pusilánime al que solo se le ocurre la réplica horas después, en la trinchera, cuando ya nadie recuerda la batalla. Bueno, pues Bolaño llorando y un guardia que lo mira y le dice al otro oye, pero este no es Roberto, ¿qué Roberto?, sí, hombre, el que iba con nosotros a clase, el rarito, el poeta, aunque igual ahí todavía no sabía que quería ser poeta, el que jugaba a fútbol de extremo, que era muy malo, ah, sí, joder, Roberto, Bertito, Bertín, pero qué vaina se te ha perdido aquí, hombre, no ves que te vamos a matar, que te llevamos al matadero, a la hecatombe, que vas a acompañar a otros quinientos bueyes como tú, a otro millón de jóvenes sudamericanos valientes, valientes pero estúpidos, valientes pero engañados, a recorrer un desierto, un desierto de hielo detrás de Carlos Coffin, del flautista de Hamelyn, que vais a caer todos por un pozo sin fondo y nadie os va a llorar. Y lo van acojonando un poco más, pero Bolaño comprende que ya ha tenido lugar la anagnórisis, que la vida es una tragedia griega; no una tragedia griega de Sófocles o de Esquilo, ni siquiera de Eurípides, tampoco de uno de sus peores discípulos: una tragedia griega escrita en la Edad Media, una tragicomedia con argumento de peli de sobremesa, y sus excompañeros, que ya le daban collejas en el colegio, tras chotearse un poco más, no se sabe bien cómo lo sueltan, y Bolaño, ya escarmentado del todo, no se sabe muy bien cómo se las apaña para salir de Chile y volver a México como un héroe, como el revolucionario que sobrevivió a Pinochet, como el poeta realvisceralista invencible, inmortal, que todos aspiran a ser. Y claro, se hincha a follar, porque Borges follaba poco y siempre buscó personajes que lo complementaran.
En fin, hasta aquí la historia oficial, ¿vale? Pasa unos años en Chile, se va a España, que si la tienda de bisutería, que si el camping, que si cazar premios búfalo, varios libros, Los detectives salvajes, los premios, la enfermedad, 2666, la muerte, el mito, etc. De sobra conocido. Ok, tenemos la historia oficial. Pues olvídate. Bórrala. Delete. Es todo una broma. Ahí va la realidad: Bolaño es Hladík. Bolaño es un alma a la deriva en una cárcel chilena. Es de noche, madrugada, va todo cagado, seguramente, lleno de mocos de no parar de llorar, maldiciendo una y mil veces su estúpida decisión de haberse movido de México. Y todo por un mal de amores, porque seguro que fue por eso y la revolución era una excusa, una cortina de humo, como gusta decir. En fin, que en medio del delirio recuerda el relato que te he contado y piensa ese relato lo escribió Borges para mí. Y le reza. A Borges, claro. Jotaele Jotaele, eres niño como yo, y por eso te quiero tanto que me sé enterito Tlön, no me quiero morir ya, que mi destino es reventar el panorama literario, que voy a ser el mejor poeta de mi generación, de la tuya, de todas las generaciones. Concédeme ese deseo, Jorge Luis, que es demasiado temprano para toparme con mi destino sudamericano, lo ves como voy para poeta de los buenos. Concédeme una hora, un día, un mes, un año, una vida. Y Borges, entusiasmado con ese patetismo, porque pocas cosas le ponían más a Borges que lo patético, intenta acariciarle el pelo sin conseguirlo, intenta hacerle la señal de la cruz, intenta marcarle la frente con ceniza, y le dice dale, Robert, te concedo lo que pides, pero con una condición: nada de poesía, deberás resignarte a la prosa. Esto está claro por qué lo hace, ¿no?, Borges confiaba en que algún día se lo proclamase a él como el mejor poeta de su generación, de la de Bolaño, de todas las generaciones, entonces no podía concederle eso al chileno. Y Bolaño, que otra cosa no pero cabezón era un rato, se lo rumia durante unos minutos, lo de la prosa, porque eso para él es un poco morir, a Bolaño no le gusta el sabor de la prosa en su boca, o algo así dice; pero ve que Borges se impacienta, que va a caducar la oferta y contesta órale, viejito, lo que usted diga, me pongo en tus manos, me convierto en uno de tus personajes. En tu mejor personaje. Y entonces aparecen los dos compañeros del colegio, lo sacan de la celda, etcétera etcétera, y Borges empieza a escribir su primera novela, la sigue escribiendo todavía con la esperanza de que, cuando la acabe, le den por fin el Nobel. El primer Nobel a un no vivo.
No me crees, ¿no? Claro, yo tampoco lo creí cuando me lo contaron. Pero piénsalo bien, todo encaja: Borges modela a Bolaño exactamente como el escritor, como la persona que a él le habría gustado ser: valiente, seductor a su manera, padre de familia, hombre (al fin) de éxito. ¿Recuerdas la frase de Iñaki Echevarne sobre Los detectives? Aunque luego la matizara, aunque renegase un poco de ella, de su repercusión: «la novela que Borges hubiera aceptado escribir». Vayamos más lejos, Iñaki, no nos quedemos solo en la novela: Bolaño es el ser humano que Borges habría aceptado —¡habría soñado!— ser. Por fin construye su novela, por fin construye su personaje con recorrido porque, como él decía, las novelas son de personajes, y qué personaje hay más sugerente que Bolaño. Más pistas, ¿vale?, Bolaño dejó infinitas pistas en sus libros, en sus artículos, en sus entrevistas. En Amuleto, por ejemplo, Auxilio Lacouture no deja de decir que Belano, cuando regresa de Chile, ya es otro, ya no es el mismo. Más callado, creo, o más serio, o cosas de esas. Pues claro que es otro, Alcira, porque ya no es él, ya maneja Borges sus hilos. Otra: en uno de sus relatos, no recuerdo el nombre, narra su estancia en la cárcel, cuando está detenido y cree que va a morir etc. Pasa por delante de un espejo, se mira y no se reconoce. Porque ya no eres tú, Belano, ya eres otro, te das cuenta, ¿no?, todo el tema del otro de Borges, del doppelgänger, encaja como un guante. Una más: en una entrevista le preguntan si no habría preferido ser poeta, ser reconocido como poeta, o algo así, y Bolaño contesta que sería abusar de la paciencia del dios de los críticos el pedir la misma generosidad que ha tenido con su prosa para con su poesía, alguna chorradilla así entre romántica y patética de las que le gustaban a Bolaño. El dios de los críticos, ¿eh?, ¿a quién crees que se refiere? A Borges, claro, está recordando la conversación que tuvieron en la celda, sus reticencias con la prosa. Venga, la última. La última que te cuento, claro, hay muchas más, pero lo divertido es buscarlas, asomarse en primera persona a ese abismo. Esta es divertida: cuenta Fresán, Rodrigo Fresán, en un documental sobre Bolaño, que en un viaje en coche casi se les muere. Por el año 92 o así. Iba tumbado detrás y lo llevaban al hospital en la que fue su primera crisis hepática. Pues bien, decía, cuenta Fresán que Bolaño bromeaba con que en realidad aquella noche (no estoy seguro de si fue por la noche, pero queda mejor así) había muerto, a la Philip K. Dick, y que todo esto, todo lo que seguía a aquella noche no era más que un sueño, un cuento. Fresán entonces le contesta, con mucha sorna, pero Roberto, entonces somos todos personajes tuyos, y él replica, inconfundible Bolaño, mejor míos que de Isabel Allende, ¿no? Maravillosa la ironía, ¿te parece? Solo al alcance del mejor Borges, diría yo. Se aprecia claramente, además, la tensión entre un autor y su personaje, cómo estos cobran vida y parecen tomar sus propias decisiones conforme avanza la trama, más allá de lo que en un principio hubiera ideado el escritor, que sabe cómo empieza, cómo nace (o a veces ni eso), pero no cómo evoluciona, ni siquiera cómo termina. Por muchos esquemas que uno se haga siempre acaban eligiendo ellos su destino, o al menos la ruta que deben tomar para ir de A a B. Bolaño, por ejemplo, engaña un poco a Borges con lo de la prosa, ¿no? Porque a fin de cuentas, no me digas que no, algo de poesía tiene. Pero bueno, a lo que iba: Bolaño está encabronado, claro, ponte en su situación: han pasado ya casi veinte años del pacto y sigue igual, con solo un libro publicado, a cuatro manos, de escasa repercusión. Coleccionando rechazos de Anagrama, de Grijalbo, etc. Escribiendo, siempre escribiendo, incluso con su hijo en brazos. Cada vez que cogía a mi hijo en brazos pensaba en Bolaño, en cómo podía escribir así, pero bueno, eso es otra historia. Y encima ahora comprende, tras esa crisis, que le quedan diez años, veinte como mucho. El viejo me está tomando el pelo, piensa, y se muere por contarlo, por decirle a Fresán amigo, somos personajes de Borges, somos parte de la historia universal de la infamia; por contarlo de un modo sutil al menos, de refilón. Y Fresán no se da cuenta, claro. Quién lo haría, quién está tan loco (o tan cuerdo) como para darse cuenta. Fresán solo piensa en que su amigo está enfermo, en que la vida no deja de darle hostias así, con la mano abierta, una detrás de otra.
Acábate ese culito, que ya viene otra botella. Entonces te va quedando claro, ¿no? ¿Tienes dudas? ¿Algo no encaja? No, claro, Borges no estaba muerto en el 73, pero sí en el 86. Ten en cuenta que al morir nos liberamos del lenguaje y, por lo tanto, del tiempo, que el tiempo es una invención del lenguaje, que lo necesita para poder existir. Porque somos sus esclavos, del lenguaje, claro, vivimos enjaulados en una nube sintáctica, gramática, ortográfica. Pragmática. Fíjate: aquellos que no hablan, que no lo manejan, apenas tienen consciencia del tiempo. Por eso los perros menean la cola de esa manera cuando vuelves a casa, aunque te hayas dado cuenta en el ascensor de que habías olvidado la cartera. Por eso los bebés parecen volverse locos cuando pierden de vista a sus madres, tres segundos siquiera, porque ellos no saben que solo han pasado tres segundos, porque no existe el tiempo para ellos y cada instante es todos los instantes, es la nada, es la eternidad. Entonces, decía, Borges muere en el 86 y se libera del lenguaje y por lo tanto del tiempo, puede flotar por nuestra cuarta dimensión a su antojo, y de repente escucha a Bolaño que lo llama, que le suplica, que negocia, que acepta, etc. Todos los tiempos el tiempo. Está claro, ¿no?, cuando muramos veremos a nuestros muertos jóvenes, guapos, fuertes, felices. Sin tics ni tacs. ¿Que por qué no acaba el relato, la novela, lo que sea con la muerte de Bolaño? ¿Que por qué continua esta pantomima? No te enfades, hombre, que todo tiene explicación. Hay una anécdota que a Piglia le gustaba contar, seguro que la has oído alguna vez, o al menos te suena, de cuando visitó a Borges por primera vez. Es más o menos así: Piglia tiene unos 18 años, quizá alguno más, porque ya es universitario y va a pedirle a Borges que colabore con algo relacionado con la universidad, no recuerdo bien. Que dé unas charlas, creo. Se va sintiendo cada vez más cómodo hasta que al final se envalentona y le dice oye, Georgie, tu cuento, el de «La forma de la espada», está mal, el final, digo, le sobran un par de líneas. Qué huevos tenía Ricardito, eh, recién cumplidos los 18 y enmendándole la plana a Borges, ni más ni menos. Borges le contesta algo como ah, tú también eres escritor, y Piglia dice que entonces comprende la lección que le está dando, que Borges siempre fue un escritor clásico, cosas con poco sentido, en realidad. Aquí Piglia demuestra lo buen profesor que era, seguramente el mejor que tuvimos, porque antes ha estado hablando de la modestia de Borges, de su aparente humildad, y mete una demostración entre líneas, en primera persona, de cómo debía de ser esta modestia. No nos dice voy a poner un ejemplo, sino que la intercala sin que se note, sin que nos demos cuenta. Porque Piglia sabe de sobra que el final está mal. No es que esté mal, claro, sino que es mejorable. Y sabe de sobra que Borges lo sabe, es Borges, esas cosas no se le escapaban. Y sabe que todos lo sabemos, que salta a la vista, entonces para qué seguir, para qué intentar quedar por encima, mejor decir que Borges le dio una lección de humildad, que les hizo una considerable rebaja, que se marchó con las orejas gachas. Pero bueno, vamos al fondo del asunto: ¿por qué Borges decide mantener ese final, a pesar de que él fue el primero en saber que sobraba? Pues por el motivo universal: por amor. Por amor a una frase, en este caso, pues es sabido que Borges empezaba muchos relatos por el final, por una frase feliz. Este, ¿lo has leído?, es cojonudo. Este relato, digo, tiene, sobre todo, dos oraciones memorables: la primera y la última. La primera: «Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa». La última: «Yo soy Vincent Moon. Ahora, desprécieme». Imagínate ahora a Borges, que ha pensado primero lo de ahora desprécieme, Vincent Moon, la otra cara de la luna, etc., que se ha emocionado con lo de ahora desprécieme y lleva un mes diciéndolo a todas horas, que ha escrito el relato y lo está revisando, que ve que no, que todo cierra mejor antes, pero cómo traicionar a la madre del cuento, a esa frase que lleva días, semanas, declamando, a la que ha declarado su amor. Y claro, la deja. No solo la deja: la deja y la defiende, la deja y la convierte en lo mejor del relato, en lo que la gente debe recordar. Algo parecido pasa, entonces, cuando Bolaño le reza y Borges imagina la novela, atraviesa su mente el argumento, como un relámpago. Lo primero que le viene es el final, un final apocalíptico, un final que no tiene lugar con la muerte del protagonista, sino con la última vez que alguien lo lee, que alguien lo recuerda, que alguien pronuncia su nombre. Borges proyecta aquí su ilusión sobre su propio futuro, sobre el futuro de la humanidad: no morirá del todo mientras lo recuerden; mientras lean sus cuentos, sus ensayos, sus poemas; mientras un charlatán aprendiz de escritor pueda decir que el final de «La forma de la espada» está mal. Y nos deja vivir, nos deja flotar entre sus párrafos, más o menos a nuestro libre albedrío, siempre y cuando sigamos leyendo a Bolaño, hablando de él, diciendo, sin saberlo, lo bueno que era Borges, lo bueno que es Borges. ¿Que cuándo llegará el final? Tiene pinta de que antes nos mata, ¿no? Con todo lo que se ha escrito y se sigue escribiendo sobre Bolaño no creo que lleguemos a verlo. ¿En 2666? Sí, claro, por qué no.
Lo cierto es que Borges ha dejado el cuento, o la novela, ya un poco de lado. Ha descubierto que hay cosas mejores que escribir. Follar con María Esther, por ejemplo, ahora por fin está relajado, porque en el más allá no hay gatillazos, no hay eyaculación precoz, recuerda que no existe el tiempo. Y entonces solo de vez en cuando coge la novela y lee un cacho, añade un par de líneas, corrige algo referente al estilo. Por eso lo viste, de ahí el motivo de esa aparición de la que ya no quieres ni hablar. Porque le gusta pasearse por aquí. Es un escritor, siempre lo será: entra en su novela, dialoga con sus personajes, estudia las escenas, tiene que conocerlo todo bien para continuar su obra; pero está cansado, está cansado de escribir, le da bastante igual, mejor, y nos deja a nuestro rollo. A fin de cuentas lo gordo ya está escrito, la novela debió terminar con la muerte de Bolaño, ¿no? Quizá con un epílogo en el que se nos cuente el éxito, la fama, el boom incluso en Estados Unidos. Eso habría estado bien, se habrían reconciliado Borges y Bolaño, fueron felices y comieron perdices. Pero es fiel a su frase feliz, a su final memorable, y permite que rebusquen en sus cajones, en los de Bolaño, digo, que publiquen violaciones múltiples como Los sinsabores del verdadero policía o El espíritu de la ciencia ficción. Como se va quedando sin recursos, como ya le da todo igual, mete también una batalla entre unos y otros por sus derechos, por su legado; enfrenta a su mujer, o su exmujer, con su albacea, con su editor, con sus amigos. Todo muy feo, muy triste. Quién sabe, igual un día lo relee y se da cuenta y tira estos años a la basura. Ojalá.
Eso es, más o menos: vivimos en Tlön, veo que lo vas pillando. ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? ¿No te ha gustado el mezcal? Tranquilo, ya no quedan más botellas. Ven, abrázame.
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UNO COMA CINCO MEGAS [4m1g0 3014ñ0] (y III): De M.S. para R.B. | Kopek (revistakopek.com)
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