Apreciada editorial Cátedra,
Por todo lo que ha sucedido íntimamente entre nosotros todos estos años de vida, me veo con el derecho de exigirles la reedición de Museo de la Novela de la Eterna (la magnífica edición de Fernando Rodríguez Lafuente) y de rebote suplicar a cualquier otra editorial que disponga en su catálogo de material de Macedonio Fernández que haga lo propio. Apenas se encuentran ya libros de aquel vanguardista todoexistente que cambió para siempre la lectura. Somos los últimos lectores de Macedonio Fernández. Los últimos descendientes de aquella ruptura, que está llegando a su fin porque la Eternidad está llegando a su fin.
Vivimos en un atolladero narrativo donde se investigan y se desarrollan las más audaces y virtuosas formas de contar historias: la humanidad devota, de nuevo, como otrora, de la continuidad, del relato, de las peripecias, de las creaciones de universos y personajes: de la imitación del mundo. Y como dijeron de maneras distintas pero igualmente brillantes, Macedonio Fernández y Robert Bresson, ¿por qué imitamos a X si la naturaleza de X no es imitar? Vivimos en un atolladero narrativo que no puede cesar de generar narraciones y donde nadie cuestiona el papel de la narración. Es el triunfo del arte mundano, de la vida lineal y el arte que celebra su linealidad, del tiempo sucesivo que se rellena con una biografía, una narración. Vidas hechas de un mundo servido y poco más. El arte que ya no tiene más referentes que el mundo y su relato. Un arte mortal que hace una copia de nuestros caprichos.
Somos hijos de la ruptura, hijos del nuevo lector macedoniano, la fragmentación es nuestro cimiento más sólido, nuestra conciencia ha llegado a ejecutar virguerías insospechables… ¿Por qué seguimos disimulando? ¿Quién teme a Macedonio Fernández? Nuestro suelo ya es sólo únicamente la página, ya no es la realidad ¿por qué seguimos fingiendo? ¿Cómo hemos aceptado con tanta contundencia que hemos defraudado a las Vanguardias? Todas las luces que aquellas anunciaban, todas las síntesis de comprensión que nos ofrecían, la visión abrupta, profunda, rota, geométrica, suspendida, horrible, vacía, artificial, esencial, exquisita que nos devolvía de la humanidad, la hemos negado. Le negamos, pues, a la vida la incongruencia, la discontinuidad, la inmortalidad, la inestabilidad y la duda con toneladas y toneladas de imitaciones ordenadas de la vida.
Cuando la Humanidad por fin se permitió la revelación del Arte Abstracto estaba, en realidad, permitiendo la entrada del tiempo eterno en su seno, en su gramática, la aparición de un origen surgido en su propia Historia. El Arte Abstracto se manifiesta, se percibe y se hace necesario cuando la Historia y la Cultura saturan el Espíritu, cuando el ser humano ya no soporta tanta invención, imitación y comentario. La irrupción de la elementalidad de Macedonio, la conciencia de la escritura como motivo de la escritura, es, claro está, equiparable al advenimiento del Arte Abstracto. Los actores básicos, escritura, lector, escritor, expectativa, o también, trazo, pintor, receptor, vacío, se tornan los protagonistas esenciales, la explicación que desarrollándose hace y es. El Arte Abstracto no es un tipo de pintura diferente a la figuración, por fin, ya es el Arte.
La lectura de Museo de la Novela de la Eterna, de Cuadernos de Todo o Nada, de Teorías o de sus poemas (y confieso como buen lector moderno, es decir eterno, que no he terminado ninguno de estos libros ni lo pienso hacer: vivo de destellos, ensoñaciones, guías, pistas discontinuas, Arte que convive y jalona mis pasos sin rumbo ni técnica) es una de las experiencias que mejor se acompasan hoy día al nivel de desarrollo de la conciencia que hemos adquirido. Tener una visión crítica, psicológica, histórica o biográfica del mundo ya no es suficiente, no nos engañemos, hemos llegado mucho más lejos.
No se me ocurre nada más difícil actualmente que leer a Macedonio Fernández, sería quizá la peor recomendación que uno pudiera hacer, la más incómoda, a alguien que busca algo que leer porque ya se ha acabado el anterior libro y busca el siguiente. Pero es precisamente esta dificultad la señal que andamos buscando en estos tiempos de sobredosis de transparencia y facilidad, de lúdico hedonismo. No se trata de ir en contra del signo de los tiempos, se trata de continuar en una luminosísima senda de la que apenas se han probado sus propuestas.
En las frases lúcidas y gloriosas de Macedonio, inacabadas, desordenadas, primitivas, orgánicas, a veces extenuantes, a menudo confusas y crípticas, rezuma una asunción múltiple que se respira página tras página, a saber: que el verdadero Arte no puede ser comprensible, que el verdadero Arte es espera, que el verdadero Arte es inalcanzable, como lo es el ser. No hay seguridad ni estabilidad en la lectura porque no existe en el ser seguridad ni estabilidad: ningunas ganas de disfrazar esta carencia. Macedonio remite a la clarividencia del instante que teje formas, líneas, puntos, agujeros aún por bautizar, ideas en carne viva.
La escritura, la novela, es un estado de la conciencia. La lectura es un hecho real en el que la protagonista es la conciencia, la receptora, y sus movimientos y reacciones, basculaciones y transformaciones. La lectura es una conversación con los conceptos internos aún por hacer, una coreografía de ideas e imágenes en la intimidad de las almas en suspensión. Macedonio crea, alegra y alimenta esta vida interior, fortalece nuestro infinito con inauditos gestos, admirables cabriolas, giros insospechables; hace funcionar y estimula la maquinaria. Y todo esto sin que la ficción intervenga más que como una posibilidad arquetípica, pero nunca como una historia embriagadora que vaya a secuestrarnos: la única vida en la novela es la de la Conciencia, las personas y sus acciones son puro instrumental. En efecto, en Macedonio nunca pasa nada más que lo Eterno, sobre todo nunca pasa el tiempo, y los sucesos son siempre ejemplos de sucesos que no revisten mayor importancia ni repercuten en una trama. El preciado Quietismo. Encontrarse con Macedonio es siempre una descarga, una purificación en sí misma, poco importa la página donde se empiece a leer, no importa el hilo, cualquier página dice revelación.
Macedonio apela al lector salteado (y al lector continuo le pide que se inicie) porque no quiere esconder la discontinuidad de la existencia como la novela realista que hilvana sucesos y pensamientos con una congruencia falsa; deja que el encuentro con el lector se vea alterado y manipulado por cualquier acontecimiento de la Conciencia. Convierte el acto de la lectura en un hecho impepinable, como el existir y como la Inmortalidad: hay un encuentro real del lector con la escritura y con el escritor, no mediado, y allí sucede el Universo entero, la ausencia de Tiempo.
No quiere acólitos ni corrientes que encaucen o expliquen su obra, los desmonta sin cesar porque eso significaría que su obra pertenece a la Historia y a la historia de las opiniones. El gusto personal del lector queda invalidado por la inapelable evidencia de la escritura, el Arte sucede y existe, su objetivo no es ser comentado, sino habitado. Trabajar la potencia de lo que es. En Macedonio no se sigue una trama, uno se deja llevar por una demostración cuántica del Arte, hacer por encima del saber hacer, el hecho antes que la elaboración del hecho, el darse cuenta por encima de todo: llevar el sacrificio creativo hasta sus últimas consecuencias desde una soledad radical donde puede amar verdaderamente al lector. Escritor y lector dejan, con profunda confianza, que el Arte sea. Sólo si tú te sabes inmortal, dice a menudo, podemos amarnos. Sólo existe una Novela.
Los sesenta prólogos previos al Museo… con los que atraganta, fija y revoluciona al lector, es uno de los gestos fundacionales de nuestra cultura moderna, el lugar que necesitamos para nacer. La espera y la grieta. Accidentar definitivamente las estructuras para que estas jueguen sin cesar en la conciencia de sí mismas. Macedonio es una probatura de la única Novela posible. La que no se concreta, ni es precisa ni concluye, tampoco pretende conseguir lo que busca: está siendo. Ofrece error y divagación, no esconde la duda ni lo incomprensible o inacabado. No construye o cierra un mundo, navega por un Fluir eterno, íntimo y total, para sentir lo Real.
La Gran Literatura para la que escribe Macedonio no tiene biblioteca porque está sucediendo. Su investigación en el origen de la Literatura (la metaconciencia) va más allá de una actitud o decisión estéticas, es un nacimiento en el que habitar, que sólo puede empezar. El gran desafío es si queremos aceptar la Literatura que realmente nos corresponde ahora, que nos pide nuestra vacante hondura espiritual; frases que son trazos discontinuos que nunca resuelven ni se instalan ni construyen, un divagar en el que uno no se pierde porque divagar somos. Un dejar de comentar, de completar, de satisfacer: un entregarse: fe consciente. El sentido del Arte es acercarse a pisar los mismos pasos que la existencia, converger en el mismo palpitar cambiante e inseguro.
Lejos de añorar o reclamar las Vanguardias, uno en realidad se asombra de verlas allí, a la expectativa, más vivas que nunca, más lúcidas, ya por fin pura espiritualidad. Ya por fin sin nombres, confundidas en la conciencia, preparadas. Estamos en un presente único en la historia capaz de asumir la ausencia de tiempo, por mucho que los noticieros o las ideologías se resistan a ello. Ya por fin podemos abrazar a las Vanguardias con plena Conciencia y dejar que hagan en nosotros, que revuelvan, criben, anihilen y trastornen nuestras enfermas narraciones.
Macedonio Fernández está en peligro de extinción. Seremos los últimos lectores de Macedonio Fernández si nos descuidamos, si nos apartamos de toda brecha que nos desarma, si seguimos cediendo embelesados ante la pesca de arrastre de la escritura realista, si no mantenemos viva la obra clarividente de un escritor que vivió la desconcertante singularidad del existir como un rezo íntimo que se escribía. Y así reunir a la íntima Humanidad. “Sólo es pasión la altruística” suelta como si nada. En la escritura nos encontramos todos, si nos sabemos inmortales.
Sarrià, Barcelona, agosto del 2018
Escribir es dudar de la duda