“Tú y los que son como tú creéis que en la frontera vuestra angustia se diluirá, o bien cobrará nombre y se concretará, quizás en algo físico contra lo que, por fin, podréis luchar”
(La Araña, en “Hombres enfadados” (en “Basilisco”) de Jon Bilbao)
1
En el desierto, cualquier sitio vale para cavar una tumba.
2
A propósito de su ya penúltimo “El silencio y los crujidos”, Jon Bilbao dijo que es el libro (tres cuentos largos inconexos y conectados por todas partes) que pudo permitirse escribir en los espacios libres que le dejaban el trabajo y la paternidad. Casualidad o no, me pareció un claro paso adelante en la obra de Bilbao. “Basilisco”, o bien está escrito bajo restricciones parecidas, o bien Bilbao vuelve a preferir la potencia del fragmento (que invoca la totalidad) y la del sfumato (que escoge a la bruma frente a la lente de aumento). O Ambas cosas.
(Reseña sobre “El silencio y los crujidos”: https://www.revistakopek.com/ficcion/jonbilbao/)
3
Muchos escritores ceden en algún punto de su obra al placer de crearse un personaje, también escritor, que les permita la exhibición, o la elucidación, o una elocuencia de mejor filo. Aquí es un pintor quien nos da la clave de la representación artística, también la literaria. El dibujante Patrick Clement, especie de reportero gráfico de una expedición puritana y protocientífica de finales del XIX, escribe en uno de los relatos de “Basilisco”: “En ocasiones la representación de lo real nos obliga a su alteración”. Podemos tomarlo menos como un pretexto que como una declaración de intenciones: lo real solo puede ser representado como cambiante; de otra forma, es una autopsia; así que todo lo que contribuya a esa captación, incluso en su oscuridad, es más poderoso que la escritura hiperrealista.
4
En “Basilisco” eso se consigue gracias a una estructura cuyo tejido es tan ligero como resistente. Igual que los fluidos no newtonianos: líquidos hasta que se les somete a una presión repentina, momento en el que se vuelven sólidos durante un instante.
Dos hebras de historias se cruzan y descruzan. En la primera, se presentan momentos de la vida de un hombre –el ingeniero, también escritor- y una mujer, desde que comienzan su relación hasta la onda expansiva posterior a una crisis quizá definitiva. Las zancadas entre relatos abarcan años y modificaciones, de manera que lo que para los personajes es vida pasada nunca ha sido palabras presentes para el lector (en los tres relatos encadenados de su colección “La fugitiva”, Alice Munro lleva esa técnica a años y extremos escalofriantes). La segunda hebra es la de una especie de mercenario que aparece y desaparece en el desierto de Idaho; a veces como deus ex machina; a veces al borde de la muerte y sobreviviendo del modo más brutal
De hecho, en la primera pieza del libro las dos líneas aparecen a la vez, con la segunda presentada casi como literatura oral; se desgajarán enseguida. Pero hay más ramificaciones: dos personajes secundarios habían sido protagonistas del primer cuento de “Stromboli” (la posibilidad de entreverlo, si no se tiene una memoria perfecta, no se da hasta el tercer cuento de “Basilisco”); el segundo relato es, en realidad, un cuento escrito por el ingeniero. Y lo más importante, casi en el terreno del spoiler: igual que en “El silencio y los crujidos” la unidad del libro se consigue con la insinuación de la reencarnación (da lo mismo que sea un recurso literario o una certeza o una sospecha), aquí lo fantástico da paso a la alucinación que permita soldar las muchas arterias que corren entre los dos carriles narrativos que he descrito. En el centro literal y simbólico del libro, en las que podrían ser las mejores piezas del libro (me parecen las más ambiciosas), “Silencio cósmico” y “Hombres enfadados”, leemos esta frase que tiene el punto justo de énfasis para abrir las secretas puertas necesarias: “Llevaba enfadado meses, años”. Si la frase parece casual, está bien. Si no he conseguido explicarme, casi me alegro. Al leer el libro, se entiende, tanto como eso sea posible.
5
Me he detenido en la estructura no solo porque admire la destreza de los arquitectos sino porque, y sobre todo, esa estructura es fuente de significados.
Pero el libro está repleto de temas, si podemos llamarlos así. Algunos son trazos como el paso de la sombra de las nubes por una cordillera. Son muchos: nunca terminamos de convertirnos en padres, pero tampoco en hijos; una cueva puede ser el escenario de un desenlace casi de Lovecraft, o el de una escena de intimidad a lo Bergman; los ladridos de un perro aquí, hoy, resuenan en otro lugar, en otro tiempo; hay quien busca transformarse y hay quien cree que no hay transformación posible; es imposible proteger del daño e imposible no causarlo; la fuerza que atrae se convierte en fuerza que aleja y no sabemos cuándo pasa de ser una cosa a otra; una cama elástica es un lugar de revelaciones.
Tantos otros.
6
El ingeniero, el único personaje que habla en primera persona, es honesto e inasible. Es transparente, pero, como escribe Simone Weil, “yo también soy distinta de lo que imagino ser”. Como él, todos los demás son irreconocibles. El otro nunca termina de ser una tercera persona, cómoda e inmóvil al entendimiento y al corazón. La arena del desierto borra las tumbas, niega el acontecimiento, desarticula la historia, hilvana finamente el pasado y el presente para negar el futuro, pasa y no transcurre. En el pasado no está la clave del misterio, sino un nuevo misterio, o el mismo dolor. “¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?”, dice César Vallejo, recuerdo ahora, al escribir esta nota.
7
En “Basilisco” esperan los mejores rasgos de Bilbao: personajes que cobran un relieve inesperado en monólogos inapelables (aquí, por ejemplo, el de la madre del ingeniero o el de La Araña); un lenguaje poco lírico, especialmente dotado para lo cruel y la violencia, porque la impasibilidad es la gran violencia; la preocupación por las relaciones familiares; el efecto del tiempo, que desmenuza nuestras vidas como un vaquero desmenuza briznas de tabaco.
Se presenta como su mejor libro. Es probable que lo sea. Sin duda es un libro del que, como en el caso de algunas cuevas, uno no sale del todo aunque regrese al exterior.
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